José Luis Font Nogués
Ya de antiguo se valora el nombre que se da a cada persona y con el que ella se identifica al ser nombrada.
Así, Platón (años 427 a 347 antes de Cristo) viene a pensar que un nombre bien puesto debe decir algo sobre la persona; por ejemplo, sobre su naturaleza o sus cualidades. Dicen que, en la tradición filosófica de Platón, al igual que en otras culturas de la antigüedad, los nombres tenían algo de mágico o anunciaban algo sobre cada persona.
En efecto, una persona que es consciente de su nombre, del nombre que le fue puesto al nacer, teje en torno al nombre toda su actividad; toda su familia, sus amistades o quienes se encuentren con ella en el camino de la vida le reconocen como en tal nombre y de tal manera que el solo nombrarle tiene dos vertientes: en primer lugar, que la persona se identifique consigo misma en cuanto nombrada y, en segundo lugar, que los demás la identifiquen como algo único y distinto de los demás.
En el pueblo hebreo (aproximadamente desde el año 2000 antes de Cristo) el nombre tiene una tradición que a veces se asemeja a una descripción histórico-literaria; pensemos en varios casos: Caín significa “he adquirido un varón con la ayuda de Dios”, Set significa “Dios me ha dado otro hijo”.
El caso del nombre de Benjamín es un poco distinto: su madre lo llama “hijo de mi dolor” y el padre lo llama “hijo de mi mano derecha”; padre y madre nombran a la misma persona identificándole de formas distintas.
También Jacob, después de luchar toda una noche, es cambiado al nombre Israel que significa “el que lucha con Dios” y se identifica con el pueblo de Israel.
Para el gran filósofo Aristóteles, el nombre viene a ser una etiqueta con la que se identifica una persona y se distingue de otras, pero no dice nada especial de ella al modo como sí sucede entre los hebreos.
Y de la mano de Aristóteles (desde 384 a 322 antes de Cristo) podemos detenernos en el pensamiento de dos aristotélicos: Santo Tomás de Aquino y Leonardo Polo.
Para Tomás de Aquino (años 1224 a 1274) el nombre se refiere al individuo concreto, a la sustancia particular que existe en sí misma.
Leonardo Polo (años 1926 a 2013) es otro aristotélico pero que avanza en el pensamiento de Aristóteles sin repetirlo; dice que cada nombre propio apunta a algo metafísicamente real, cada persona es “este” ser irrepetible, no una instancia de una clase. El nombre propio, en este sentido, señala a alguien que ha sido querido singularmente, no como ejemplar de una especie sino como hijo con predilección divina.
Sea dicho también que Leonardo Polo caracteriza el acto de ser humano con la noción de “además”. El acto de ser humano es añadidura de ser, un ser creciente no consumado. Ese crecimiento apunta a un fin irrestricto, por eso, el nombre propio de cada uno designa no una realidad estática sino una persona en movimiento, “siempre-más-de-lo-que-ya-es”.
Otro aspecto que trata Leonardo Polo al pensar en el nombre de cada persona es el aspecto donal o de donación: el nombre identifica al que lo posee, pero al estar hecha la persona para la relación con los demás, los demás reconocen a la persona por su nombre, por eso señala algo bello y paradójico: «la persona ha de saber quién es, pero no lo puede saber si no es con otra». El nombre propio es siempre dado por otro —los padres, la comunidad— y solo cobra sentido en relación. La identidad personal se descubre en el encuentro, no en el aislamiento. Esto lleva asociado sin duda alguna que el nombre lo luce cada persona dando a entender quién es, y también lo nombran los demás que advierten quién es esa persona que lleva ese nombre.
En consecuencia, en el pensamiento de Leonardo Polo, la persona es un ser donal y libre. El nombre propio de cada uno señala a alguien capaz de darse a los demás de un modo que nadie más puede hacerlo, porque ese don es irrepetible. Cada ser humano posee algo exclusivamente propio, cuya manifestación y reconocimiento es una riqueza para todos.
Para Polo, que cada persona tenga un nombre propio no es un accidente cultural sino un reflejo de su estructura metafísica más honda: la persona es radicalmente singular, no es la naturaleza humana en general, sino este irrepetible «quién», querido por sí mismo, abierto al crecimiento ilimitado y al encuentro con los demás. El nombre propio es, en el fondo, el signo lingüístico de una dignidad ontológica que la filosofía clásica apenas había comenzado a articular y que Polo quiso desarrollar a fondo.
El pensador Jesús Ignacio Fernández Domingo (año 2017) dice en su libro “El nombre de las personas” que el nombre es elemento inescindible e inherente a la personalidad humana, de la que forma parte. Quiere decir que, si el nombre es tan importante, no se puede alterar voluntariamente por los demás, ni deteriorarlo ni ridiculizarlo ni hacerlo objeto de broma ni confusión.
El pensamiento de Tomás Moro (años 1478 a 1535) toca profundamente la identidad y dignidad de la persona, que es el fundamento de lo que el nombre representa: cada persona tiene una identidad moral que nadie puede arrebatarle.
En el pensamiento de Ratzinger (años 1927 a 2022), el nombre ocupa un lugar central y profundamente teológico: el nombre no es una etiqueta arbitraria: es lo que hace que una persona sea ella misma y no un caso más de una categoría general. El nombre se opone a la despersonalización y a la anonimización. El nombre de una persona expresa su singularidad irreductible, su condición de sujeto que no puede ser disuelto en categorías abstractas ni en estadísticas. Es la huella de que cada ser humano es convocado por Dios de manera única, a imagen de cómo el mismo Dios ha querido manifestar libremente su propio Nombre en la historia.
En la misma línea de Ratzinger, para el filósofo Tomás Melendo (nacido en el año 1951) el nombre propio no es un mero convenio social, sino el signo lingüístico que reconoce y honra la unicidad irreductible de cada ser humano. Llamar a alguien por su nombre propio es tratarlo como lo que realmente es: un ser singular, nunca un mero ejemplar de una especie.
En la tradición católica, Juan Pablo II (años 1920 a 2005) promovía que el nombre dado en el Bautismo vincula a la persona con un santo patrón y con la comunidad de fe. No es solo una herencia cultural, sino una vocación: el nombre recuerda a quién estás llamado a parecerte.
Desde el primer hombre que fue nombrando a cada ser viviente identificándole y tomando posesión de ellos, hasta nuestros días, hay una tradición de valorar, admirar, respetar a la persona que se identifica por un nombre, que no cambiará a no ser que en la tradición familiar aceptada personalmente, sea de otra forma lógica y coherente, per ejemplo, José puede ser Pepe porque procede de la iniciales PP traídas por la función de San José de ser Padre Putativo, o Francisco que puede ser Paco traído por la función de ser conocido como “Padre de la Comunidad entre los de su institución franciscana.
Sea alabado quien llama a cada persona por su nombre y sabe admirarse por sus cualidades.
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