José Luis Font Nogués / Publicado en Revista OFECUM nº 235 (1.II.2026)
Para enfocar la conveniencia de buscar de modo continuo la formación personal, y el interés por ello, consideramos las actitudes de personas importantes en el mundo de las artes.
Uno de ellos es Pau Casals, que interpretaba en sus conciertos de violonchelo la popular y bella canción catalana «El cant dels ocells» (El canto de los pájaros), convertida durante su exilio en símbolo de paz y resistencia. Pau Casals calificaba su violonchelo de “encantador que tiene su propia personalidad”, que “por nada del mundo lo cambiaría”.
Cierto día interpretaba en Ginebra la Suite nº 6 de Bach y se le rompió una cuerda, salió del escenario y la cambió. Al presentarse de nuevo en el escenario comenzó a interpretarla desde su inicio, pero al llegar al mismo compás se volvió a romper esa cuerda nueva. Repitió su salida y entrada del escenario, pero ya interpretó otra partitura porque entendió, con humildad y gran respeto al público, que la Suite nº 6 no estaba hecha para él en aquel día.
Conociendo lo anterior, que como mínimo supone tenacidad y amor a su trabajo y a su violonchelo, entenderemos bien lo que escribió en el diario ABC el 6 de octubre de 1968:
“Me gustaría poder continuar pasando revista a mis ideas y estudios sobre la música mientras me sea posible. Mi propósito es seguir la verdad de la música. Yo me siento enfrente del alumno con mi violonchelo y toco el instrumento tanto como hablo, dando así un ejemplo vivo sobre la materia”.
Sus palabras hacen pensar en la importancia de la Verdad, el Alumno, el Trabajo y su Ejemplo, toda una estrecha relación entre la verdad y la vida.
Tras esta reflexión sobre Pau Casals, artista y trabajador, encajan bien las reflexiones del filósofo Josef Pieper y la del acreditado literato Chesterton.
Pieper consideraba una adhesión teórica y desinteresada a lo que se percibe, teniendo en cuenta que la certeza del pensar se apoya en lo que nosotros inmediatamente vemos y, por eso, percibir y mirar son fuentes de conocimiento; es decir, en la contemplación aparece “algo que se mira”, una realidad que causa admiración porque sobrepasa nuestra comprensión; se admira la persona que no ve aún toda la realidad. No nos estamos alejando con esto de Pau Casals porque el violonchelista mira su instrumento musical como si tuviera vida propia y se admira de la música que -a través de sus manos- sale de cuerdas y madera.
El afamado Chesterton se eleva un poco más y dice haber tenido siempre “el convencimiento casi místico del milagro en todo lo que existe, y el éxtasis esencialmente inherente a toda la experiencia”, explicando que cada cosa entraña y esconde en el fondo una marca de origen divino.
Lógicamente, Casals y Chesterton logran ver de determinada forma la esencia de las cosas sin quedarse en lo superficial.
Al llegar a este nivel de conocimiento podemos entender bien el buen elemento sanamente crítico de toda ciencia y de todo procedimiento del conocimiento: la “crítica”. El filósofo y escritor francés Henri Bergson se inclina a pensar que las ciencias y las artes tienen como misión apartar las generalidades convencionales aceptadas por la sociedad, es decir, apartar todo lo que pone una máscara a la realidad para después enfrentarse a la realidad misma. El arte y las ciencias tienen como misión desvelar la realidad, o sea, quitar el velo que oculta la pureza original de las cosas.
Al hilo de las consideraciones hechas en líneas anteriores podemos entender el estudio y formación personales como instrumentos habituales para saber mirar y escuchar la verdad a través del estudio, la lectura, la conversación, el contraste de ideas y el sano sentido critico que nos llevará a la contemplación y éxtasis de todo lo que nos envuelve.
Quizá tuviera presente estas ideas el poeta José María Pemán al escribir sobre el Año Nuevo:
Señor: para este día
de año nuevo te pido
antes que la alegría,
antes que el gozo claro y encendido,
antes que la azucena
y que las rosas,
una curiosidad ancha y serena,
un asombro pueril frente a las cosas…
Quiero que, ante el afán de mi mirada,
enamorada y pura,
todo tenga un misterio de alborada
que me deslumbre a fuerza de blancura.
Siguiendo a nuestros artistas, Hans Hartung (pintor abstracto del s. XX) nos hará una propuesta interesante cuando decía:
“Yo lo que quiero es trabajar sobre mi lienzo.
Trabajo al comienzo con plena libertad. Y después el trabajo prosigue por sí mismo, y me va forzando la mano más y más, y la elección se va haciendo más restringida.
Los movimientos interiores pueden ser una base, un incentivo.
Un grito, por ejemplo, no es arte. Para que llegue a ser arte es necesario hacerle obedecer ciertas leyes.
Es necesario dejar madurar el tema, pensarlo al máximo concentrándose sobre lo esencial
… y todo ello imponiendo una perfección que nos arrebate”.
Resulta sublime el interés de Hans Hartung tanto sobre la libertad en la búsqueda de leyes de la naturaleza como el afán de perfección para ofrecer algo interesante a los demás.
Podemos recopilar ya lo hasta aquí expuesto sobre la formación personal: buscar la verdad y lo esencial de las cosas, atender al alumno, trabajar, dar ejemplo, entender la relación entre la verdad y la vida; pero se nos ofrecen otros aspectos de interés.
Ahora nos llega una reflexión de Antonio Machado:
“Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? NO ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No.
1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos
2º Porque quiso destruir su Eneida, ¡tan maravillosa!
3º Por su gran amor a la Naturaleza
4º Por su gran amor a los libros”
Efectivamente, el amor a los libros y a la naturaleza es una fuente de conocimiento, sobre todo si va acompañada por esa humildad que tenía Virgilio. Y le añadimos la capacidad de escucha e intercambio de ideas que nos sugiere el escultor Eduardo Chillida.
Chillida razona que, en lo referente al arte, «lo fundamental no te lo puede enseñar nadie, lo tienes que aprender tú» y lo explica con su experiencia como profesor invitado en Harvard:
«Tuve que exponer en una gran pizarra cuál era mi programa (…). Expuse claramente: ‘Mi programa va a consistir en no tener programa. No os voy a enseñar nada, yo os voy a enseñar cómo aprendí yo’. Se apuntaron muchísimos alumnos, pero yo sólo acepté a 15. Todos eran de una gran capacidad y preparación enorme, pero no quería un exceso de alumnos. Yo tenía el estudio de Le Corbusier para mi propio trabajo, pero pedí permiso para compartirlo con mis alumnos y las clases consistían en mil variadas materias. Por ejemplo, un día de una gran nevada, decidimos hablar sobre el lugar, las plazas, dado que se veían desde la ventana las huellas dejadas por las personas para llegar a esos lugares. Inmediatamente pedías y tenía todas las plazas importantes de allí, salían los más variados temas sobre arquitectura culta, arquitectura rural. De este orden fueron las clases durante el curso. Al final, pedí a los propios alumnos que en una hoja me explicaran qué habían aportado ellos al curso y qué habían obtenido de él. También, que se pusieran las notas que honradamente creían que habían merecido. Creo recordar que tres se catearon, explicando que no habían sido capaces de sacar provecho a tanta libertad como se les había otorgado. Fue una enriquecedora experiencia para mí».
Chillida luce su poder de autoaprendizaje y lo traslada a sus alumnos. Efectivamente, aprendemos por la naturaleza, por los libros y por nuestros profesores, pero también en el intercambio de ideas creyendo en la capacidad de escucha y de diálogo identificando los deseos y obstáculos que se encuentran en la cultura del momento en que vivimos, con amplitud de horizontes, cimentando la vida en la verdad, con afán de avance en todos los razonamientos y descubrimientos científicos y sociales, atentos al progreso y a la historia, sin miedo al progreso pero con la prudencia necesaria para advertir los errores para que no promuevan formas desafortunadas de vida.
En alguna manera parecida al sentir de Chillida, Bach no hacía música para elaborar unas construcciones científicas sino para «elaborar una armonía agradable, a mayor honra de Dios y lícito goce del espíritu», y esa «armonía agradable» que pretende Bach parece coincidir con la libertad, ¿para qué preocuparse por normas que ajustan la vida condicionándola en exceso? Porque somos libres queremos la adecuada formación que nos lleva a la verdad, al goce en la verdad.
El final de esta reflexión nos viene de la mano de Vasili Kandinsky que, al advertir las teorías materialistas y las tendencias utilitarias cuando el alma no cuenta, concluye que el artista (y lo podemos aplicar a cada uno de nosotros) “debe trabajar dentro de sí mismo, profundizarse, cultivar su alma, enriquecerla, a fin de que su talento tenga algo que recubrir y no sea como el guante perdido de una mano desconocida, la vana y vacía apariencia de una mano. El artista debe tener algo que decir”.






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