Estamos acostumbrados a etiquetar como bellos a acontecimientos o eventos o cosas de arte, como por ejemplo una pintura o escultura; también a paisajes o una música de nuestro agrado; incluso una situación de relaciones familiares o sociales la podemos calificar de bella; hablamos de una poesía o una obra de teatro o una película bella; también de una persona o de una conducta bella. Y es que la belleza es algo que pertenece a la realidad de las cosas físicas y espirituales.
Aunque la persona que contempla advierte subjetivamente que algo le gusta, la belleza es algo que está en lo real, no es una invención subjetiva. Así, por ejemplo, la concha espiral del nautilo cumple con una proporción llamada “áurea” que se dice bella, que proporciona al que la ve una sensación de belleza. Es decir, la belleza está en el nautilo y a la vez en el nautilo y sus medidas se advierte bello en el interior de quien lo contempla. Por eso el observador puede decir que le gusta el nautilo.
No solo es la medida, como es la proporción matemática llamada “áurea” lo que provoca la sensación de belleza. La música –que también tiene inmersa proporciones matemáticas- ofrece la particularidad de crear un ambiente en el momento en que se oye y puede provocar sensaciones de belleza y de emociones. Pero la música no solo es emoción porque tiene dentro de sí, en su partitura, razones objetivas de proporciones bellas.
Por tanto, hay razones objetivas en la realidad de las cosas que hacen la cosa bella, pero también quien contempla esa cosa es capaz de recrear algo en su interior por lo que considera bella la cosa. La proporción considerada bella está en la escultura, pintura, arquitectura, paisaje, vegetal, estructura corpórea o música, pero la belleza no se queda en lo exterior sino que surge en el interior del contemplador de tal forma que al ver u oír lo que consideramos obra de arte la persona experimenta claridad, entusiasmo, pulcritud, novedad, bondad, belleza.
Encontramos primariamente que la cosa real tiene unas proporciones bellas que llama la atención hacia el exterior, por eso la persona que contempla aplica su conocimiento y es entonces cuando advierte la bondad apetecible de la cosa armonizada con esas proporciones. El contemplador declara en ese momento que la cosa es bella. En cierto modo, la cosa proporcionada y armonizada irradia y expresa algo que el contemplador advierte como bueno y apetecible. Al darse esas condiciones mutuamente correlacionadas decimos que hay belleza.
Cuando hablamos de estética nos referimos no exactamente a lo bello, sino a la influencia de lo bello en la intuición sensible o emotiva del contemplador, quien advierte al ver algo que eso le agrada o le desagrada. Esta experiencia puede dar origen a diversidad de sentimientos, emociones, valoraciones del nivel de agrado, diferentes percepciones de las cosas.
Algunos hablan de una percepción estética como encarnación de lo ideal, otros proponen cánones de lo estético y otras dejan la estética al arbitrio del gusto que puede cambiar en cada época, de hecho en el siglo XX se habla de una antiestética de tal forma que lo feo se admite como bello o expresión artística tal como nos lo muestra “El grito” de Munch. También cabe considerar la estética desde el punto de vista de la emoción que produce el objeto sobre la persona o bien desde el punto de vista intelectual aprehendiendo la esencia de la cosa que llamamos bella.
Un caso particular es la belleza y estética musical ya que, como se ha referido anteriormente, hay una elaboración de la partitura en la que se usan consonancias, disonancias, notas tónicas o dominantes, tiempos, temas de los movimientos de una sonata, repeticiones, conjunción de instrumentos y de ellos con voces solistas o corales, todo ello más bien en la música clásica. En el orden de una música contemporánea se da más la improvisación.
Concluimos que la estética procede etimológicamente de sensación o percepción y estudia filosóficamente el sentimiento y su manifestación, que es el arte. Para el que contempla viene a ser la emoción producida por la obra de arte, para el científico es el estudio del arte.
Tradicionalmente se ha considerado que el ser es verdadero, bueno y bello; por ser verdad es bello y por eso apetecible. En este sentido, Dostoyevski decía que “la belleza salvará al mundo”. Pero con esto choca el feísmo que ha nacido en los últimos tiempos y surgido de una consideración estética relativista y subjetivista.
A lo largo de la historia, en pintura, escultura y arquitectura podemos encontrar algo perfectísimo como el Partenón o una Venus y también encontramos cosas crueles como el Lacoonte o los desastres de una guerra en Goya. Hoy también se realizan obras “de arte” que son de tipo denuncia o de muestreo de realidades lamentables; ¿es eso belleza o arte? Se ha de tener en cuenta que lo feo es reflejo de lo zafio, de la nada o del absurdo y lo suelen mostrar personas en disconformidad con algo dado; al contrario, hay cosas objetivamente bellas y su percepción estética hace gozar porque el sujeto que contempla se siente transportado a algo deseable y bueno.
No es exclusivo de un estilo o época el canon de la belleza puesto que tan bello es el arte egipcio como el griego o el gótico o el renacimiento o el barroco o los colores abstractos de Kandinski y Rothko o la arquitectura de Bernini o Alvar Aalto, o la poesía de Lope de Vega o de José Hierro, o el cine de Kurosawa o de Spielberg.
Se puede decir que lo objetivamente bello es admirable y que si el arte muestra algo en sí mismo feo, eso llama a la belleza si tiene algo que lo trasciende hacia lo bello.